La Web3 frente a la Web 1.0 y la 2.0

La Web3 es la versión descentralizada de Internet. Se basa en tecnología vanguardista como la blockchain y las criptomonedas, pero ese no es más que su lado técnico. La Web3, en el fondo, es realmente un avance hacia un Internet más equitativo y que brinda control a los usuarios de sus propios datos. Su propósito, por tanto, podría decirse que es arrebatar el poder a las grandes tecnológicas y ponerlo en manos de personas reales.

Antes de todos modos de entrar en materia, vamos a repasar brevemente la historia de Internet, porque no hay mejor manera de entender la Web3 que remontándonos a lo que la precedió.

Nota: Las divisiones entre las distintas “versiones” de Internet son más descriptivas que técnicas. Internet lleva funcionando básicamente de la misma manera desde hace décadas y lo que hemos hecho es idear nuevas formas de hacerla evolucionar e interactuar. Hoy día es perfectamente posible diseñar una página web utilizando los estándares de la Web 1.0, 2.0 o Web3. Que existan nuevos estándares no significa que los anteriores desaparezcan. Simplemente es una cuestión de mayor uso y popularidad.

Web 1.0

La Web 1.0 fue la primera versión de Internet que estuvo al alcance de los usuarios. Echó a rodar alrededor de 1989, en la era de las conexiones telefónicas y los mastodónticos ordenadores de sobremesa. Por aquel entonces, se la conocía como la “World Wide Web”.

La Web 1.0 abarcó la primera etapa de Internet, la cual duró hasta aproximadamente 2005. Fue una etapa marcada por el contenido estático (en lugar de HTML dinámico), con datos y contenido servidos desde un archivo estático (en lugar de una base de datos). En la Web 1,0, los sitios web apenas gozaban de interactividad. Era posible leer lo que publicaban otras personas, pero poco más. Era parecido a las revistas y periódicos digitales, pero con hilos con los comentarios desactivados. La presencia de las redes sociales era mínima y, a menos que utilizaran blogs, que estaban aún en pañales, los usuarios no contaban con recursos o soluciones para crear o publicar su propio contenido.

Debido a esta falta de interactividad, a la Web 1.0 se le conoce actualmente como “El Internet de solo lectura”.

Los primeros sitios web de la Web 1.0

Internet, en un principio, tenía como propósito principal servir como plataforma para compartir e intercambiar datos (fundamentalmente científicos) entre organizaciones de investigación de diversos lugares del planeta. El primer sitio web propiamente dicho que existió perteneció al Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en inglés), y la mayoría que siguieron sus pasos poco después fueron universidades e institutos de investigación. Internet, en su era primigenia, era en esencia una gran red para científicos e investigadores.

A mediados de 1993, apenas un centenar de sitios web conformaban la red de redes, pero en poco tiempo todo creció y subió como la espuma. A finales de 1993, ya se contabilizaban más de 600 sitios web, y un año después, a finales de 1994, la cifra superaba los 10 000. Este aumento se debió a un uso cada vez más mayoritario de Internet por parte de usuarios ajenos al mundo de la ciencia y la investigación.

Si echamos un vistazo al listado de los primeros sitios web, veremos grandes empresas tecnológicas, algunos servicios que siguen en funcionamiento a día de hoy, y sí, también Pizza Hut y otros que pueden provocar sorpresa. Estos son algunos de los primeros sitios web de la 1.0 que empezaron a tomarse Internet muy en serio:

  • Apple (1993; fue la primera empresa en dar el paso)
  • IMDb (1993)
  • Amazon (1994)
  • IBM (1994)
  • Microsoft (1994)
  • Pizza Hut (1994)
  • Yahoo! (1994)
  • Craigslist (1995)
  • eBay (1995)
  • Ask Jeeves (1996)
  • BBC (1997)
  • Google (1997)

Allá por 1996, ya había disponibles más de 200 000 sitios web y el boom de las puntocom iba in crescendo. En cualquier caso, la Web de por aquel entonces era primitiva en comparación con la de ahora. La mayoría de los sitios web se limitaban a ofrecer la información que los usuarios querían leer, sin más. La transición de la 1.0 a la 2.0 no fue por tanto de la noche a la mañana; se produjo a lo largo de varios años, conforme surgieron nuevas y avanzadas herramientas de desarrollo y a medida que los usuarios empezaron cada vez más a participar.

Web 2.0

A finales de los 90, la transición a la Web 2.0 estaba ya en marcha, aunque los rasgos y aspectos que la caracterizan no se generalizaron hasta más o menos 2004.

La transición dio comienzo cuando algunos sitios web de la Web 1.0 empezaron a introducir funciones “sociales”. eBay, por ejemplo, abrió la puerta a la publicación de testimonios y comentarios, dando así la posibilidad de “calificar” a compradores y vendedores.

La Web 2.0 es el Internet que la mayoría de nosotros conocemos actualmente; el Internet de las redes sociales, de la creación instantánea de sitios web, de los portafolios, de los blogs, de los foros… En otras palabras, el Internet en el que es posible subir contenido con suma facilidad y hacerlo visible. Pero no podemos olvidarnos de que también es el Internet de las aplicaciones para todo, ya sean operaciones bancarias, pedidos de comida o viajes compartidos. Facebook, YouTube, Wikipedia, Amazon, Yelp… prácticamente todos los sitios web en los que podemos publicar contenido o simplemente iniciar sesión forman parte del espectro de la Web 2.0. En ellos se usa además HTML dinámico y el contenido es puesto generalmente a disposición desde una base de datos.

Durante la primera década de Internet, los usuarios podían conectarse, leer contenido e incluso pedir una pizza o pujar en una subasta de eBay, pero las opciones eran muy limitadas igualmente. La Web 2.0 obtuvo sin embargo gran popularidad porque dio pie por primera vez a que los usuarios crearan su propio contenido.

Por este motivo, a la Web 2.0 se le conoce también como “El Internet de lectura y escritura”.

Puntos negativos de la Web 2.0

Si bien la Web 2.0 democratizó la publicación de contenido, las grandes empresas tecnológicas se propusieron convertirla en una dictadura. Desde entonces, controlan la infraestructura, las aplicaciones y los servidores, así que son ellas las que deciden quién puede participar, cuándo y cómo. A cambio de permitirte hacerlo, te obligan a ceder y dar acceso gratuito a tus datos para luego venderlos al mejor postor y, por tanto, hacerse asquerosamente ricas.

En pocas palabras, la Web 2.0 tiene dos grandes problemas: la ausencia total de privacidad de los datos y una centralización exagerada.

Privacidad

Las aplicaciones de la Web 2.0 suelen ser “gratuitas”, por lo que no es necesario pagar para usar los servicios en cuestión, pero sus empresas responsables tienen que ganar dinero de algún modo, claro está, y lo hacen “monetizando” a sus usuarios a base de recopilar montañas de datos personales y sacarles rédito económico en forma de espacios publicitarios muy focalizados que venden a anunciantes en línea.

Tomemos el ejemplo de las compras en línea. En la Web 2.0, si compras unos zapatos, te aparecerán anuncios inquietantemente precisos de esos mismos zapatos en otros sitios web, en tu feed de noticias e incluso en la bandeja de entrada de tu correo electrónico.

Eso se debe a que tu comportamiento en línea (que se mide por medio de búsquedas, clics y compras) queda registrado en los sitios web y aplicaciones que usas gracias a cookies, rastreadores y otras herramientas que dan miedo. Incluso para crear una cuenta en muchos sitios web y aplicaciones resulta necesario facilitar información personal sensible. Todos estos datos al final terminan en el mercado y compartidos, y no siempre de la forma deseada por las grandes tecnológicas, que sufren a veces fugas de datos masivas debido a hackeos y millones de contraseñas, datos de tarjetas de crédito o números de DNI en peores manos si cabe, por lo que el usuario pierde en todos los casos.

La Web 2.0 tiene por ende el gran defecto de que los usuarios no pueden controlar los datos que se recopilan de ellos, cómo se almacenan o qué uso les dan las grandes tecnológicas, y todo se resume en una transacción: tú me das tus datos y yo te dejo usar mi aplicación, porque ya que las empresas no ganan dinero directamente con sus productos, tú te conviertes en el producto para ellos rentable en sí mismo.

Centralización

El otro gran inconveniente de la Web 2.0 es que depende de un cúmulo centralizado de autoridades conformadas por gobiernos, empresas tecnológicas y grandes bancos. Estas autoridades verifican tu identidad, autorizan las transacciones en línea, controlan quién puede publicar contenido (y su tipo y naturaleza) y mucho más, hasta el punto de establecer una dictadura “benévola” en la que ejercen control sobre los usuarios, decidiendo quién puede entrar o salir de un sitio, cuánto tiempo puede permanecer a él y qué tiene permitido hacer.

Pongamos ahora el ejemplo de la banca en línea. Uses el banco que uses, son ellos quienes realmente poseen tus activos, quienes deciden cómo puedes acceder a ellos (mediante tarjetas de débito, cajeros automáticos o aplicaciones móviles) y quienes establecer con quién puedes hacer transacciones. Pero la cosa va más allá, porque también dependes de que validen tu identidad y te otorguen acceso, algo que hacen basándose en información obtenida y cedida por otras autoridades centralizadas (por ejemplo, un gobierno o cédulas de identidad emitidas, precisamente, por instituciones gubernamentales).

Y esto no es más que un ejemplo. Tras las bambalinas, las grandes tecnológicas lo orquestan todo para que tengas que validar tu identidad y obtener acceso a miles de servicios. De hecho, la mayoría de los usuarios desconocen hasta qué punto se emplean servicios como los de Facebook y Google para autenticar la identidad en otras aplicaciones.

En la Web 2.0, el individuo tiene muy pocos derechos individuales. Reglamentos y estatutos como el RGPD de la Unión Europea o el CCPA de California conceden a los usuarios más derechos para conocer los datos que se recopilan, dónde se almacenan y cómo se destruyen, pero ello no erradica el problema de raíz, que sigue siendo la existencia y dominio de autoridades centralizadas.

Por qué la Web3 marca la diferencia

La Web3 adopta el modelo “social” de la Web 2.0 y altera su estructura subyacente para hacerla más justa, pública y descentralizada. Es sencillamente un nuevo tipo de infraestructura; una nueva forma de construir todo aquello a lo que ya estás acostumbrado. La Web3 no implica la desaparición de cosas como las redes sociales, los vídeos en streaming o las aplicaciones financieras. La única diferencia estriba en que pasan a ser aplicaciones descentralizadas.

Más información acerca de las aplicaciones descentralizadas y lo que la Web3 aspira a ser.

La Web3 se basa en tecnologías vanguardistas como la blockchain y las criptomonedas. Es más, la idea de un Internet descentralizado surgió de las primeras redes de blockchain y criptomonedas que tuvieron éxito. Esta es la tecnología subyacente que hace posible una descentralización de la red de redes.

Consulta las tecnologías fundacionales de la Web3 y cómo es posible todo esto.

La red Bitcoin data de 2009, y fue la primera vez que una tecnología emergente y descentralizada desafiaba a las autoridades centralizadas (en este caso, los grandes bancos y las divisas fiduciarias). El bitcoin tiene como objetivo principal servir a modo de dinero digital o, lo que es lo mismo, como medio para intercambiar valor sin necesidad de recurrir a los bancos ni al formato físico del dinero. Es un concepto novedoso y revolucionario por igual, y aunque resulta rudimentario dados los estándares actuales (ya que lo que hace es permitir transacciones), la red Bitcoin fue la primera red de blockchain que tuvo éxito, y dio además el impulso tecnológico necesario para empezar el proceso de descentralización de todo tipo de sistemas antiguos.

En 2015, la red Ethereum vio la luz como la primera blockchain programable del mundo, permitiendo así a los desarrolladores crear sitios web, aplicaciones y servicios en la infraestructura descentralizada de la cadena de bloques.

El 2015, por tanto, a grandes rasgos, marcó el inicio de la transición de la Web 2.0 a la Web3.

Este punto de inflexión dio pie a extender el uso de las blockchains más allá de las simples transacciones entre pares, porque pueden también emplearse para alojar cosas en la Web que, por lo general, dependen de servidores centralizados. Así es justamente cómo funciona la Web3: las aplicaciones descentralizadas se alojan en blockchains en lugar de servidores centralizados.

Una blockchain no es más que una base de datos a todos los efectos, ya que sirve para registrar cosas como, por ejemplo, transacciones financieras. Sin embargo, a diferencia de las bases de datos tradicionales, las blockchains no tienen autoridades centrales ni anfitriones que rijan sobre ellas. Pueden coexistir en miles de ordenadores y servidores y ser utilizadas y compartidas por todos los miembros de este gran grupo descentralizado. Se podría decir pues que una cadena de bloques es un libro de contabilidad distribuido, abierto y de acceso público que puede registrar transacciones entre partes y almacenar cosas, como los códigos de programación de aplicaciones o sitios web, cuyos servicios serían descentralizados.

Esa es una de las redes de seguridad fundamentales de la Web3. Todo registro de una transacción tiene que “concordar” con las miles de copias del libro de contabilidad (o blockchain) repartidas por el mundo. En términos de blockchain, a este acuerdo entre ordenadores independientes se le llama “consenso”. Como todas las partes independientes tienen que ponerse de acuerdo sobre qué transacciones son válidas, es prácticamente imposible que haya lugar para las transacciones falsas o fraudulentas (cosa que no pasa en la Web 2.0, en la que basta una simple brecha en el sistema para poder defraudar o defraudar, y para provocarla solo hace falta hackear la base de datos de una autoridad central).

Ventajas de la Web3

Una de las principales ventajas de la Web3 es que brinda las herramientas y la descentralización necesarias para dejar de depender de autoridades centrales, como los gobiernos, los grandes bancos o las empresas tecnológicas. De este modo, ofrece a los usuarios la posibilidad de tomar las riendas de la Web, pudiendo así alojar sus propios sitios web y aplicaciones, realizar transacciones libremente con criptomonedas, obtener una mayor seguridad (gracias a la criptografía), acceder a los servicios sin dependencia ni permiso de las grandes tecnológicas y, en general, evitar el control centralizado de la Web 2.0. La descentralización de la Web3, en definitiva, otorga multitud de ventajas de todo tipo y un sinfín de posibilidades.

Sin las estructuras de control de la Web 2.0, los usuarios son libres de usar Internet a su antojo. No hay límite para todo lo que se puede hacer y crear. La Web3 se está convirtiendo a gran velocidad en un lugar en el que los usuarios colaboran libremente entre ellos, y los desarrolladores están creando aplicaciones descentralizadas innovadoras sin tener que pagar peajes a las grandes tecnológicas. Prácticamente todo es de código abierto. Además, los tokens no fungibles (NFT) están dando alas a los usuarios para alterar radicalmente su forma de interactuar con activos digitales, creando valor en la Web y poseyéndolo en todo el sentido de la palabra.

Y esto es solo la punta del iceberg. La Web3 está todavía verde, pero, como ocurrió con las versiones que la precedieron, se convertirá pronto en la nueva normalidad. Hubo un momento en el que las redes sociales causaban extrañeza, y ahora, sin embargo, no podemos imaginar el mundo sin ellas, para bien y para mal. Los usuarios pueden por fin conseguir que la Web esté a su servicio, no al de las grandes tecnológicas, que tan impersonales son. La pregunta que los usuarios, desarrolladores, anunciantes y todo el que conecte a Internet tienen que formularse es la siguiente: ¿está dispuesto alguien a dar la espalda al progreso y quedarse atrás?

Si deseas empezar a explorar la Web3, lo único que necesitas es un navegador compatible con ella. Prueba Brave. Es fácil de configurar, mucho más rápido y privado que tu navegador actual y bloquea de serie todos esos anuncios que tan mal rollo dan. Gracias a Brave, puedes empezar a utilizar aplicaciones descentralizadas y la propia Web descentralizada en un santiamén.

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